Paula y Roberto conforman un matrimonio de diez años. En principio, ambos trabajaban y entre los dos sustentaban el hogar. 

Desde hace cinco años Roberto no logra un ingreso fijo, mientras Paula, en cambio, ha ido progresando y sus ingresos son lo suficientemente altos como para mantenerse ella, al esposo y a los dos hijos. 

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No es el caso de Giselle y Francisco, que mientras ella se la pasa trabajando “de sol a sol”, él, que poco hace para buscar trabajo, se pierde entre encuentros de amigos que no le aportan a su condición de desempleado. Para agravar la situación, es exigente en el hogar, y no colabora en las tareas propias de la cotidianidad hogareña. 

Cada vez son más frecuentes las parejas de este tipo, donde la mujer se ha convertido en el sostén principal de su hogar.

Esta condición puede afectar la relación de pareja, y para saber hasta qué punto lo haría, hemos entrevistado a toda una autoridad en el tema: Lourdes Henríquez Díaz, licenciada en educación, psicóloga educativa, terapista familiar, con entrenamiento (de más de 200 horas) en Neurociencia y Aprendizaje (Universidad Complutense de Madrid, España), post grado en Metodología de las investigaciones en Educación (The University of British Columbia, Vancouver, Canadá) y maestría en Formación de Formadores (Barcelona, España).

“Vivimos en entornos cambiantes y aunque herederos de siglos de una cosmovisión patriarcal, tanto hombres como mujeres se ven afectados y en ocasiones confundidos sobre el ser y el hacer. 

Por ejemplo, si las mujeres a las que nos referimos vienen de una familia de origen que la línea familiar femenina le socializa con discursos como: ‘Búscate un hombre que te mantenga’ o ‘Los hombres son los que pagan’, etcétera… y por otro lado, al hombre le dijeron ‘Los hombres son de la calle’, tenemos las bases para una relación conflictiva”, explica.

Una mujer que sea el sostén económico del hogar, ¿puede llegar a admirar a su pareja igual a como lo haría si fuera este quien sostiene la casa?

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Es que se siente con más derechos que la otra persona, puesto que en vez de sostener una relación simétrica en el dar y recibir, se tiene en realidad una relación parental (como la que se establece entre padres e hijos). Donde el que da de más (sea hombre o mujer) siente que es injustamente tratado o explotado y que debe equilibrar su relación.

Este sobre dar puede ser económico, en trabajo y obligaciones, emocional o sexualmente.

¿Suele la mujer sentirse con mayor derecho en la relación de pareja?
Tanto mujeres como hombres que establecen una relación desigual, el que da de más se siente con un alto nivel de merecimiento y no considera al otro como un igual. 

La sociedad insiste en subrayar diferencias deshumanizantes. Por ejemplo, cuando una pareja se separa todos “los trastes” se le dejan a la mujer, siendo injusto con el hombre. Por otro lado, cuando se tienen hijos pequeños los hombres insisten en que su cuidado solo le corresponde a la mujer y, al hacer esto, los hombres evitan la fuente más importante de reducción de cortisol (la hormona del estrés) y de salud emocional: cuidar a sus propios retoños.

¿Considera usted que esta modalidad está cobrando fuerza y a qué cree que obedezca?

Sucede con cierta frecuencia y, en general, las parejas van a necesitar ayuda terapéutica para poder equilibrar la relación. En terapia, se aprende a ver las relaciones de pareja como relaciones simétricas o entre iguales y se trabaja su construcción para cada caso. A qué obedece este auge, pues solo tenemos que dar una vuelta por los diferentes niveles educativos de enseñanza, (inicial, primaria, secundaria, técnicos y universidad) y en casi todos los casos, las mujeres son la mayoría. Además, los países desarrollados, a través de sus agencias de cooperación económica, colocan criterios de equidad y equilibrio social,  y exigen la inclusión, dentro de sus diferentes niveles de liderazgo político e institucional, de la participación femenina a la par que la masculina.

En los países desarrollados se asume con mayor normalidad. ¿No le parece?
Es un fenómeno educativo, una pareja necesita reciprocar, óigase bien, no significa igualar el toma y daca. Para tener una idea, si ambos trabajan el que gana 10 mil, debe invertir en el manejo del hogar el 50%; estaría dando 5 mil pesos. Si su pareja gana 200 mil, su inversión sería de 100 mil. Aunque la diferencia es abismal, ambos están dando el mismo porcentaje y eso es equilibrar. Por otro lado, la necesaria reciprocidad equilibrada se consigue dando en otros términos, como el tomar, dentro del reparto de tareas, otras que compensan el déficit en el campo económico; si lo único importante fuera lo material, la vida sería una equivocación.

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¿No debe importar quién sostenga la casa?
La reciprocidad es la manera más justa y equilibrada de mantener una relación de pareja. De hecho, a una mujer difícilmente se le dañaría, o maltrataría, si el hombre percibe que se beneficia con dicha relación. Porque el aporte justo, hace que él también salga ganando. Si nuestros planificadores sociales y educadores tuvieran este discurso, hubiera menos homicidios y menos agresión intrafamiliar en nuestro país.

¿Cree que esta sea una imagen saludable o irrelevante para los hijos? 
Es un modelo que se aprende y que influye en la percepción de lo que es bueno, malo, justo e injusto. Lo que ven pasa a ser parte del repertorio, en el manejo de las relaciones personales. Si los padres aprenden a equilibrar, aunque cada quien aporte en lo que pueda y le guste, independientemente de que su aporte no sea el que es común observar por tradición cultural, si son felices con ese reparto de tareas, los hijos también aprenderán a ver natural lo que se les enseña.

¿Depende la causa del efecto? Es decir, el hombre no trabaja porque no consigue un empleo, o porque es holgazán, o simplemente tiene una condición que le limita. O ella es autosuficiente económicamente hablando y da para sostenerlo a todos y es lo que hace que él trabaje menos o no lo haga.
Es una pregunta interesante, tanto hombres como mujeres se pueden convertir en personas bajo giradas o sobregiradas (dar menos o más según el caso) y eso significa que el trabajar más o menos depende de si tengo a alguien que pueda parentalizarme; es decir, ser mi padre o madre y evitarme la costosa decisión de crecer y esforzarme. No soy un igual y no me tratarán como un adulto con iguales deberes y derechos, si no me comporto como tal.

¿Qué sugiere a parejas donde la mujer es quien funge como proveedora? 
Darle sentido a la vida tiene que ver con ser feliz. Y tener pareja, nos hace felices, más que no tenerla. Esta condición desigual afectará la relación, por lo que para seguir juntos, sin conflictos duraderos, necesitarán ir a un terapeuta sistémico, que juntos estudien su relación y aprendan a equilibrar con reciprocidad.   Me acuerda su pregunta una frase que ha hecho escuela en terapia de pareja.

“El amor es imprescindible, pero no es suficiente”. Para que pueda sobrevivir en el tiempo, es necesario la justicia, la equidad y la reciprocidad en el dar y recibir relacional. He tenido clientes que viven una situación similar y los hijos e hijas terminan rechazando al padre que aporta menos, creyendo que es un irresponsable o un holgazán; o en otros casos, rechazan a la madre que no disfruta de la vida, del juego, de la lectura, ratos de ocio, deportes… La solución la tienen todos y es necesario buscarla en cada caso en un reparto justo de las innumerables tareas propias de un hogar con hijos que educar. Donde nadie se sienta explotado, y donde todos trabajen, para que todos se beneficien. 

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