Una reflexión sobre “solo tengo 1000 seguidores”

Imagina que caminas por una calle, inicialmente vas solo y de repente aparecen 2 o 3 personas que van en tu misma dirección. Según avanzas y miras hacia atrás, hay 200…500…1000 personas, no caminando en tu misma dirección:

Siguiéndote. 

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¿Te asustarías?

Ahora, imaginemos que de esas 1000 personas, 3 decidan maltratarte verbalmente.

Probablemente te defenderías reclamándoles que no tienen derecho de hablarte así – pero esos 3 se convierten en un grupo mucho más grande decidido a atacarte, opinar sobre tus decisiones e incluso cuestionar tu inteligencia y capacidad ¿Crees que aún podrías defenderte o sentirías intimidación ante el repentino ataque de un grupo de extraños?

Esto es la realidad de muchísimas personas en el mundo digital. Por eso, debemos reflexionar sobre qué realmente significa “Me siguen 1000 personas”.

Ojo, como referencia, con 1000 personas se llena casi a totalidad el Teatro Nacional.

¿Libertad de expresión o abuso 2.0?

libertad de expresión

Quienes trabajamos en el mundo digital entendimos rápido esto: el ambiente de anonimato, las cámaras de eco que ofrecen los algoritmos y la falta de personalización, hace que protegidos por una pantalla y un teclado, digamos (todos y todas incluidos) cosas que no nos atreveríamos a decir en su cara a personas que apenas conocemos.

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¿Es que hemos olvidado que los medios digitales conectan personas que viven en un mundo análogo? Quizás. 

Se ha confundido la mal llamada “libertad de expresión” con ser agresivamente “honesto” olvidando que si bien es un derecho, tiene deberes y responsabilidades. Tienes por ejemplo el derecho a no ser agredido y, por lo tanto, también el deber de no agredir a los otros.

¿Cómo puede afectar esto nuestra autoestima e interacciones digitales? No soy psicólogo, así que “zapato a su zapatero”. Sin embargo, lo que sí es seguro es que este tipo de situaciones pueden dejar rasguños emocionales profundos

¿Cómo podemos evitar ser el abusador o el abusado?

Por lo tanto, quiero invitarlos a hacerse las preguntas incómodas que lanzan este comportamiento.

Primero: ¿Qué estamos haciendo con valores tan cacareados como la empatía cuando damos un ramplimazo a quien por malas de su suerte nos cayó mal digitalmente y decidimos que merece nuestros ataques y desprecio?

Y segundo: ¿Cómo podemos hablar de una mejor sociedad cuando decidimos que el 1% que conocemos a través de fotos y videos de la vida de alguien será la vara mágica con la que mediremos si merece o no un trato respetuoso?

No hacemos nada hablando de leyes o exigiendo a las plataformas que hagan algo, cuando el comportamiento viene desde el usuario. Claro, las plataformas digitales ofrecen herramientas como detectores de palabras claves, silenciar usuarios e incluso bloquearlos—herramientas que son mal vistas cuando se utilizan porque “no puedes hacerle caso a la gente” o “estás haciendo lo que ellos quieren”.

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Pero, es bueno saber que nuestra salud y paz mental valen más que nuestro orgullo y están a un blocked de distancia.