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¿Cómo superar la muerte de un ser querido?
Esa noche, muchos salieron de sus casas sin saber que sería la última vez. Con planes, con ganas, con la certeza tranquila de que el regreso estaba garantizado. Así funciona la vida cuando todavía no se ha roto esa ilusión, uno sale, uno vuelve, y el ciclo se repite sin cuestionarlo. Hasta que no.
La tragedia del Jet Set no fue solo una noticia. Fue un antes y un después para familias enteras, para amigos que esperaron toda la noche sin recibir una llamada, para un país que se despertó diferente al día siguiente. Un año después, el dolor no ha desaparecido, ha cambiado de forma. Se ha vuelto más silencioso, más íntimo, pero sigue ahí, presente en cada fibra de los dominicanos y en cada recuerdo que aparece sin aviso.
Perder a alguien de manera inesperada es enfrentarse a una realidad para la que nadie se prepara. No hay forma de anticiparlo, ni de entenderlo del todo, ni de encontrar una razón que lo haga menos difícil. Lo que sí existe, y vale la pena buscarlo, son formas de transitarlo sin que el dolor te paralice. De seguir viviendo, no a pesar de quien se fue, sino llevándolo contigo.
Y es que, nadie te enseña a perder a alguien. No hay curso, no hay manual, no hay forma correcta de hacerlo. Y sin embargo, la vida sigue exigiendo que te levantes, que respondas mensajes, que sonrías cuando toca. Que sigas. Pero, ¿cómo?

Lo primero es dejar de pelearte con lo que sientes
El duelo no es lineal. No tiene etapas que se cumplan en orden ni fechas de vencimiento. Un día estás bien, genuinamente bien, y al siguiente algo tan pequeño como una canción te regresa al principio. Los dos días son reales y los dos son válidos.
Lo que sí hace daño es la presión de «ya estar mejor.» De seguir adelante porque el tiempo pasó, porque otros también están sufriendo, porque hay que ser fuerte. Esa presión no sana, solo entierra.
Sentir rabia está bien. Sentir culpa también, aunque no la merezcas. Sentir alivio en momentos de alegría, y luego sentirte culpable por haberlo sentido, es más común de lo que crees. Nada de eso te hace mala persona. Te hace humana.
Seguir adelante no es olvidar — es redefinir
Hay una idea que hace mucho daño y que nadie dice en voz alta y es “sanar significa soltar” o otra que dice “si vuelves a reír, si vuelves a salir, si vuelves a vivir con ganas, de alguna manera estás traicionando a quien perdiste”. La verdad es que, no es así.
El vínculo no desaparece cuando alguien muere, más bien se transforma. Vive en la forma en que preparas su receta favorita, en el consejo que te dio que todavía aplicas, en la manera en que a veces piensas que ella/él hubiera amado lo que haces y créanme que esto no es nostalgia, es amor que simplemente encontró otra forma de existir. Seguir adelante no es un acto de olvido. Es el acto más valiente que existe.

Pide ayuda — en serio
Hay una diferencia entre estar acompañada y estar apoyada. Puedes estar rodeada de gente y aun así sentirte completamente sola en lo que estás cargando. Y si eso te suena familiar, es una señal.
Hablar con alguien de confianza ayuda. Hablar con un profesional puede cambiar todo. No porque estés «loca» ni porque no puedas sola, sino porque el duelo es pesado, y no fuiste diseñada para cargarlo sin apoyo.
Y si no sabes por dónde empezar, empieza pequeño. Una conversación. Un mensaje. Una cita. A veces el primer paso es el único que importa.
Dale espacio a la alegría cuando llegue
Va a llegar un día en que te rías, de verdad, sin culpa y no vas a saber exactamente cuándo pasó. Va a llegar un momento en que planees algo con ilusión, en que una mañana amanezca bonita y tú la notes. No lo fuerces. Pero tampoco lo rechaces cuando aparezca.
La alegría no borra el dolor. Coexiste con él. Y aprender a dejar que las dos cosas estén al mismo tiempo es, quizás, la parte más difícil, y más necesaria, de sanar.
El tiempo no borra más bien reorganiza. Llega un punto en que la ausencia deja de ser una herida abierta y se convierte en algo que aprendes a cargar de otra manera. No más liviano, necesariamente, pero sí más tuyo. Más integrado a quien eres ahora.

A un año de esa noche, lo que quedó no fue solo pérdida. Quedaron historias, quedaron nombres, quedó la memoria viva de personas que importaban y que siguen importando. Eso no se va. Y honrarlo, hablarlo, no dejarlo caer en el olvido, es también una forma de amor.
Sanar no significa cerrar. Significa aprender a vivir con la puerta entreabierta, con espacio para el dolor y para la alegría al mismo tiempo. Y en ese equilibrio, frágil y humano como es, también se encuentra la manera de seguir.








