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Oscar de la Renta, maestro de la elegancia y embajador de lo nuestro
Hablar de Oscar de la Renta es hablar de un antes y un después para la moda dominicana. No porque fuera el primero —otros vinieron antes y muchos vinieron después—, sino porque fue el que abrió el cielo. El que demostró que desde una pequeña isla del Caribe se podía llegar a lo más alto del universo del estilo, y hacerlo con clase, sin escándalos, y con una gardenia en el ojal.
Cada 22 de julio, fecha de su natalicio, es inevitable sentir una mezcla de orgullo y nostalgia. Orgullo, por lo que representó para el diseño internacional. Nostalgia, porque su partida dejó un vacío elegante y silencioso, como sus vestidos.
Un dominicano en la historia de la moda
Oscar Aristides de la Renta Fiallo nació en Santo Domingo en 1932. Hijo de madre dominicana y padre puertorriqueño, creció en un entorno donde el arte siempre tuvo lugar.

Se fue joven a estudiar pintura a Madrid, y fue allí donde comenzó a coquetear con la moda, hasta que Balenciaga lo acogió como aprendiz y luego trabajo en las casas más ilustres de París. Pero fue en Nueva York donde realmente tejió su historia: allí creó su firma homónima y allí impuso una visión de la elegancia que hasta hoy se estudia, se aplaude y se celebra.
El arte de vestir a la mujer
A lo largo de su carrera, Oscar de la Renta demostró que la elegancia no estaba reñida con la modernidad. Fue un maestro en el uso del color, de los volúmenes, de los tejidos que hablaban. Vestía a mujeres poderosas, sí, pero nunca les robaba el protagonismo.

Sabía que la prenda debía acompañar, nunca eclipsar. Su talento lo llevó a vestir a todas las primeras damas estadounidenses desde Jackie Kennedy hasta Michelle Obama, pero también a estrellas de cine, reinas y mujeres comunes que soñaban con llevar uno de sus vestidos al menos una vez en la vida.
El Caribe siempre en la costura
Quienes crecimos escuchando su nombre en boca de nuestras madres o viéndolo en revistas internacionales, sabemos que Oscar nunca soltó el hilo que lo unía a su país. En sus colecciones, a veces discretamente, otras con más intensidad, siempre había un guiño al trópico, al mar, a la calidez de esta tierra.
Pero su vínculo no era solo estético. Fue un filántropo silencioso, un promotor de la cultura dominicana y un ejemplo de cómo se puede triunfar afuera sin dejar de construir adentro. Para quienes trabajamos en moda desde este lado del Caribe, Oscar fue, y sigue siendo, una brújula.
Lo que nos dejó (y lo que nos sigue enseñando)
Hoy, la casa que lleva su nombre continúa bajo la dirección creativa de Fernando García y Laura Kim, y aunque el mundo ha cambiado, hay algo que permanece: su esencia. La elegancia atemporal, el romanticismo práctico, la belleza como declaración de principios.

Pero quizás lo más importante que nos dejó Oscar no está en un vestido, sino en una lección: que desde esta pequeña isla también podemos construir legado. Que el buen gusto no depende del lugar donde naciste, sino de lo que haces con lo que llevas dentro.
Una celebración que se siente personal
Cada año, al llegar su natalicio, quienes escribimos sobre moda desde República Dominicana lo sentimos más cerca. Porque Oscar no fue solo un grande de la moda. Fue, y sigue siendo, un orgullo dominicano. Un referente. Un pionero. Y sobre todo, un hombre que entendió que el verdadero lujo está en ser fiel a uno mismo.

Por eso hoy, más que homenajear su memoria, celebramos su vida. Porque Oscar vive en cada mujer que elige vestirse con intención. En cada diseñador que se atreve a soñar en grande. En cada palabra que escribimos sabiendo que él abrió el camino.
Y sí, también en cada gardenia.
Publicista de profesión, asesora de imagen y estilista de moda por pasión. Con el pasar de los años ha abrazado la profesión de las letras como una herramienta con la que puede comunicar sus conocimientos, informar sobre novedades y tendencias del mundo de la moda tanto local como internacional.


