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¿Microagresiones de sororidad? El filo oculto de la crítica “constructiva”
Entre conversaciones sobre empoderamiento, apoyo femenino y sororidad, hay una realidad incómoda que pocas veces se nombra. No siempre las heridas vienen de fuera. A veces se disfrazan de comentarios “bien intencionados”, de críticas supuestamente constructivas o de silencios que pesan más de lo que deberían. Son gestos pequeños, casi imperceptibles, pero que dejan marca. A eso también hay que ponerle nombre: microagresiones de sororidad.
Mucho se ha dicho y escrito sobre la necesidad de luchar por mayores y mejores espacios de participación para las mujeres en escenarios de toma de decisión, sin importar el ámbito del que se trate. Nos unimos con pancartas, consignas, lemas y emblemas para defendernos de nuestro rival natural: el hombre tradicional que todavía cree, en pleno siglo XXI, que somos su propiedad. Ese que nos apaga, en silencio o en público, a través de palabras, acciones, omisiones, golpes o manipulaciones.
Entendemos muy bien cuando una amiga, conocida o la famosa amiga de una amiga nos cuenta algún hecho que haya tenido la intención o el efecto de atentar contra su dignidad física o mental, ya sea por parte de un jefe, compañero de trabajo, amigo, familiar, pareja o incluso un desconocido en la calle. No nos es ajeno el dolor compartido de sabernos expuestas y vulnerables frente a cualquier hombre que pueda afectar nuestra sanidad física o emocional.

Sin embargo, poco se habla de cómo también, como mujeres, hermanas y amigas, debemos estar alertas cuando la intención de dañar u ofender viene de nuestras iguales: otras mujeres. Resulta cuestionable que aceptemos como válida la crítica “constructiva” cuando su verdadera intención es dejar en evidencia alguna carencia, de cualquier tipo, de quien la ejerce contra una de nosotras. Porque, como dice el refrán famoso, “lo que dice Juana de María dice más de Juana que de María”.
Reprochable también es que hagamos caso omiso, por más acostumbradas que estemos, a comentarios malintencionados que pretenden exponer como negativo en una mujer lo que aplaudimos si proviene de un hombre. Bochornoso resulta, además, lo fácil que nos unimos en manada para emprender “microagresiones de sororidad” basadas en nada más que nuestra propia y distorsionada versión de la verdad o de la realidad.
Suficiente es tener que cuidarnos de los hombres como para también tener que hacerlo de nuestras aliadas naturales. Redactar esto en primera persona del plural no es más que una forma de reconocerme como parte de ese grupo de mujeres que debemos ejercer la empatía de manera más constante.
Más se debería hablar de dejar a un lado la competencia infructuosa, vacía e indigna. Qué valioso es saber ponernos en el lugar de la otra, y qué hermoso cuando esa otra es una mujer igual que nosotras, que ha tenido que luchar por lo que tiene y que, a pesar de saberse ignorada por una sociedad que no fue diseñada para ella, rompe estigmas y paradigmas para ganarse su justo y merecido lugar.
Cerrar sin mencionar a mis amigas —las de toda la vida y las de la vida— sería hacerle un flaco favor a todo lo que cada una, en su justa dimensión, me ha aportado. Mencionar también, por qué no, a los hombres que se reconocen y nos confirman que somos iguales. Gracias a quienes han llegado a mi vida para quedarse, haciendo ruido y con intención de sumar, recordándome cada día que somos más y mejores cuando nos unimos en beneficio de todos.
Escrito por: Dayana Crespo, abogada, economista y experta en políticas públicas.
Publicista de profesión, asesora de imagen y estilista de moda por pasión. Con el pasar de los años ha abrazado la profesión de las letras como una herramienta con la que puede comunicar sus conocimientos, informar sobre novedades y tendencias del mundo de la moda tanto local como internacional.


