A primera vista nos resultó extraño el término. Y no es para menos. El sólo hecho de pensar que a través de los libros podemos sanar heridas y mejorar considerablemente nuestra salud física pero sobre todo emocional, no es tan fácil de creer. Pero así es. La verdad es que toda buena literatura nos cambia.

Así lo dice la brasileña Cristiana Seixas, experta en la materia, para quien “la biblioterapia es una disciplina que inicialmente utiliza la relación de las personas con la forma y el contenido de libros a modo terapéutico, y que como una práctica general sanadora, asume que la lectura tiene buenas propiedades”.

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“Parece haber surgido por aquello de la inclinación humana de identificarse con personajes y personas reales a través del arte y la literatura. Y que como testimonio vivencial, al conducir valores y actitudes, puede llevar al lector hacia el descubrimiento de sentidos que le aclaren su propia situación de vida”, añade.

Aunque es un término relativamente nuevo, “desde hace siglos se han utilizado los libros y la lectura como método terapéutico. En el antiguo Egipto, las bibliotecas, concebidas como centros de conocimiento y espiritualidad, se ubicaban en templos denominados ‘casas de vida’. No muy lejos, también los griegos y romanos consideraron la lectura como una forma de tratamiento médico, como un recurso terapéutico y espiritual, afirmando que las bibliotecas eran la medicina del alma”, explica Araceli García Rodríguez, de la Universidad de Salamanca, en su artículo titulado Biblioterapia, donde detalle que en la Edad Media era habitual proporcionar libros a los pacientes como complemento terapéutico, así como la lectura de textos sagrados en el desarrollo de las intervenciones quirúrgicas. Durante las operaciones se leían pasajes de la Biblia y vidas de santos, pero también epopeyas, tragedias y otras historias profanas.

Su concepción. Aunque son muchos los libros de medicina que hablan de biblioterapia, encontramos que fue el teólogo alemán Georg Heinrich que, a mediados del siglo XVII, divulgó esta práctica en su obra Biblioteca de enfermos, en la que trabajó la fuerza curativa de la literatura. Por su parte, en 1810, el investigador norteamericano Benjamin Rusch comenzó a recomendarla como apoyo de la psicoterapia para personas con problemas de depresión o fobias, mientras que en los hospitales psiquiátricos de Inglaterra, Francia y Alemania, los médicos que trataban enfermedades mentales empezaron a recetar la lectura como terapia y a considerar “los servicios bibliotecarios como una parte significativa de los programas terapéuticos para enfermedades psíquicas”.

“Si nos vamos a la práctica básica, la biblioterapia consiste en la selección de material de lectura relevante para la situación vital de una persona o grupo. Por ejemplo: para un niño que está en duelo por la pérdida de sus padres, la lectura de historias donde haya una situación similar haría que éste comparta y compare su trance, y así se sienta menos solo en el mundo”, explica la psicoterapeuta Larissa Robles, quien señala además que incluso durante la Segunda Guerra Mundial era aplicada en el cuidado médico de los soldados, ya que disponían de mucho tiempo mientras se recuperaban y experimentaban que la lectura les era de mucha ayuda curativa.

Modalidades de aplicación. Robles explica que puede consistir únicamente en la lectura, desarrollar una conversación a partir de ella o ser complementada con actividades artístico-terapéuticas como el dibujo, modelado en arcilla, dramatizaciones u otras actividades consistentes. “Una persona asistida puede dibujar una escena del libro o se le interroga sobre si se considera en común con un carácter particular en el libro, que puede ser utilizado para sacar a la luz temas que han sido evitados y son necesarios debatir”, detalla la especialista.

En cuanto a la implementación de la biblioterapia manifiesta que se distinguen tres campos de formación disciplinaria: la asistencial (enfermería, médicos, psicólogos…); la bibliotecaria (bibliotecarios, bibliotecónomos, referencistas…) y la socio-cultural (antropólogos, docentes, escritores, sociólogos…). De ahí que nos encontramos ante una práctica que va más allá del campo meramente emocional. Sin embargo, nuestra entrevistada afirma que “la práctica no serviría si en su concreción no contáremos con vínculos asertivos, pues “la letra mata, pero el Espíritu vivifica” (concepto evangélico).

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