Cualquier rostro humano, de cualquier persona, en cualquier época, es inigualable dentro del gran universo mamífero o el más reducido club de los homínidos ¿Por qué? Una extensa revisión de cientos de cráneos de primates, humanos actuales y homínidos extintos ha intentado responder a esa pregunta. Sus resultados se leen como un apasionante relato de cómo y cuándo surgió esa rareza evolutiva que llamamos cara.

El trabajo estudia dos partes del cráneo: la posterior que contiene el cerebro y los huesos que componen el rostro. En el encaje de estas dos piezas está la clave para comprender por qué los humanos no tenemos cara de mono, aunque muchas veces nos veamos muy parecidos a ellos.

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La pregunta del millón es por qué, de repente, los patrones físicos comenzaron a cambiar para dar lugar a un cerebro mayor y una cara más pequeña. Se debe en parte a que los Homo “se estaban adaptando a un entorno y a una situación totalmente nueva”, apunta Juan Antonio Pérez Claros, autor principal del trabajo. Entre esos cambios estuvo el giro hacia una dieta carnívora, esencial para sustentar un cerebro que necesitaba el 22% de toda la energía del cuerpo (el de un chimpancé requiere el 8%).

El rostro humano también es único por su inmadurez. Comparados con otros primates, los sapiens tienen un periodo de desarrollo durante la niñez y adolescencia muy largo y, sin embargo, llegan a la edad adulta manteniendo rasgos juveniles. “Por eso, un cráneo de un hombre y un chimpancé son visiblemente diferentes, pero el de un niño y un chimpancé bebé son mucho más similares, e incluso el de un hombre adulto se parece más al del chimpancé bebé”, apunta Palmqvist.

¿Y cómo sería nuestra cara si no se hubiera producido ese “cambio radical»? “Nos hubiéramos quedado en la zona de adaptación de los australopitecos y nunca hubiéramos despegado, tendríamos caras más grandes y probablemente nunca se hubiera desarrollado un cerebro tan grande como el nuestro”, explica Pérez.

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